en Editoriales revista Desnivel

¿De quién es la primera de Chilam Balam?

DISCULPADNOS el truco fácil, pero es importante captar vuestra atención y exponer un tema importante de verdad. Hay quien lo lleva advirtiendo desde hace tiempo –años incluso– mientras la mayoría duerme, complaciente y resignada. Nuestro derecho a escalar se está viendo cercenado. En ocasiones, qué duda cabe, esto es con- secuencia del incumplimiento de deberes por parte de escaladores, mientras en otras muchas, amparados en discutibles argumentos de preservación del medio, nos encontramos con abusos de la Administración y presuntos delitos de prevaricación. Las asociaciones conservacionistas, algunas autosometidas a un clientelismo vergonzoso y descarado para conseguir fondos, han descubierto que somos un blanco fácil para arañar y justificar sus partidas presupuestarias. Evidentemente cuesta me- nos que Medio Ambiente mande de misión a su “comando antichapas” y criminalizar a los escaladores del cambio climático, que estudiar a fondo el problema de raíz y actuar en consecuencia. La Administración no sabe nada sobre escalada y mata moscas a cañonazos. Siempre es más sencillo imponer el cerrojazo que pedir informes objetivos y científicos, oír a los especialistas e informarse de los buenos resultados que en otros espacios protegidos están teniendo las regulaciones dinámicas.

Algo se mueve

La respuesta en forma de asociacionismo local de los escaladores llega tarde (mejor tarde que nunca, eso sí), cuando los disparates publicados en las regulaciones ya solo dejan margen para apagar fuegos a la desesperada. Este es el precio que ahora pagamos por no par- ticipar en su momento en las mesas de negociación de los planes rectores, o por haberlo hecho mal. Las federaciones parece que salen de un letargo de décadas y, entre bostezos, dan algún que otro paso cuando el escándalo es ya mayúsculo. Cierto es que la intervención de David Moscoso en el Parlamento andaluz (leer seccíon Accesos de este número) es un rayo de luz y esperanza es esta época oscura y difícil.

Fabricantes y distribuidoras de material, rocódromos, hosteleros dependientes del motor turístico de la escalada… siguen sin hacer nada. No se enteran de que lo que está en peligro de extinción no es el águila perdicera, ni el quebrantahuesos…, sino la gallina, la gallina de los huevos de oro que ha hecho prosperar a muchos y ha reflotado comarcas azotadas por el éxodo rural y la ruina de sus actividades tradicionales.